miércoles, octubre 25, 2006

Jorge Julio López

Por Diego Segalla

30 días no son mucho. 1 mes pasa demasiado rápido. En 1 mes te puede crecer el pelo más de la cuenta, la barba necesitará seguro un recorte. En 30 días uno reitera la rutina, va de la casa al trabajo, busca a los chicos de la escuela, almuerza, cena, mira el noticiero. 4 semanas pasan muy rápido para este acelerado vivir al que estamos acostumbrados…
Pero un día, una hora es demasiado tiempo para el que espera. Para el que tiene que esperar que llegue el 1º de cada mes así cobra su sueldo, el que espera la respuesta para conseguir trabajo, el que tiene hambre y espera que cierren las casas de comidas para poder hacerse de las sobras.
30 días es mucho tiempo para el que esta desaparecido. Para los familiares del que desaparece, para la gran cantidad de victimas del terrorismo de Estado que buscan justicia. 1 mes es muchísimo para Jorge Julio López que sigue desaparecido.
El miércoles pasado, 18 de octubre, se cumplió un mes de la desaparición de López. Y después de tanto tiempo es preciso formular algunas preguntas:
Que hizo la justicia por exigir su aparición?
Que hicieron la fuerzas de seguridad para encontrar a este septuagenario?
Que hizo el Gobierno Nacional por cuidar a un testigo clave en un juicio que condenó reclusión perpetua a un genocida?
Que hicieron los medios de comunicación durante un mes para aportar elementos que nos esclarezcan la situación?
Y que es lo que hicimos como sociedad para lograr su aparición?
La justicia no tuvo más que pequeños gestos a favor del desentrañamiento del caso. Los fiscales que participan en las causas que exigen la cárcel para los violadores de los derechos humanos en la última dictadura recibieron amenazas, pero aseguraron que van a seguir inquebrantables en su lucha por la búsqueda de la justicia. Sin embargo poco más hicieron por utilizar sus armas para encontrar a este hombre de más de 70 años.
Las fuerzas de seguridad, la policía bonaerense, solo realizó rastrillajes en descampados. Lugares en las afueras de las ciudades bonaerenses, en los que un grupo de uniformados se desplazaban todos juntos, a los mismos lugares. Las patrullas ni siquiera dispersaron sus esfuerzos o potencialidades para tener mayor capacidad abarcatiba en los espacios verdes. Cuales son los operativos preparados para la búsqueda de personas?
Por otra parte, y peor aún, cuantos son los integrantes de la fuerzas de seguridad de todo el país que participaron de la última dictadura y continúan en funciones? O, sabemos si quienes están preparados para brindar seguridad al país fueron formados con los mismos métodos que formaron a los genocidas del Proceso de Reorganización Nacional?
Cuales son los esfuerzos que realizan las fuerzas de seguridad para encontrar a López?
No estoy seguro, peco de ignorante, pero creo que no fueron los adecuados, y a la luz de los acontecimientos, con certeza sé, que no fueron suficientes.
Además, el gobierno Nacional no protegió a un testigo clave de la causa Etchecolatz. López luego de ser sometido al indagatorio en el juicio, luego de revictimizarse, de revivir momentos oscuros y difíciles, se volvió a su casa en colectivo. Sí, un abuelo de 70 y pico de años, testigo decisivo en una causa que sentenció a un genocida, volvió como cualquier hijo de vecino. Como cualquiera de nosotros. Pregunto: porque el presidente Kirchner no va a cada uno de sus actos, sus viajes o sus reuniones sin la custodia presidencial? Porque sería extremadamente riesgoso exponer a una figura tan importante. Digo entonces, luego de declarar López no necesitaba seguridad? López no era importante? No necesitaba protección? Fue la pieza decisiva para la condena de Etchecolazt y nadie lo protegió, nadie lo cuido. López le hizo un bien a la memoria de la sociedad y a la justicia.
Por otra parte, luego de la desaparición de Jorge Julio López el gobierno de la ciudad de Buenos Aires envió una cadena de mensajes de texto a los celulares de la mayoría de los argentinos que decía mas o menos lo siguiente: “si usted tiene algún dato sobre el paradero de Julio López comuníquelo. Todos juntos por la aparición de López”. Y aquí pido permiso para hacer mías las palabras de José Schulman cuando diserto en el aula Alberdi de la Facultad de Derecho de la UNL, en el marco del simposio sobre las causas jurídicas y políticas del caso Etchecolatz, Schulman dijo “hay agotar todos los esfuerzos para encontrar a López porque el hizo mucho mas por la democracia que cualquiera de los políticos. No se va a encontrar a López por mensajes de texto. No es un perro perdido carajo!”.
El debate que instalaron los medios de comunicación osciló entre los más progresistas, que saludaron la condena de Etchecolatz y pidieron por la aparición de López, hasta quienes arriesgaron el olvido como una de las salidas posibles. Como? Se preguntará usted. Como? Me pregunte yo también al leer editoriales del diario vespertino de Santa Fe y ver que una de sus plumas traía a colación el ejemplo de Grecia, país que enjuicio a algunos terroristas de estado y dejo libres a la mayoría pero que cerró esa parte de la historia. Este referente de la opinión de la sociedad santafecina establecía la posibilidad de reconciliación con el pasado. Esta posibilidad, esta salida, es decir, dejar libres a los genocidas y abandonar la lucha por la justicia, sería una buena posibilidad de cerrar las heridas que establecen los recuerdos. Porque parece que atarse al pasado no nos permite seguir adelante como sociedad.
Construir este discurso mediático es, de alguna manera, ser cómplice del terrorismo de estado, del genocidio. Es taparles los ojos y los oídos a las generaciones que vienen y es insultar en lo más profundo a quienes todos los días buscan justicia por los crímenes sufridos.
Entonces, como leemos la desaparición de López como sociedad? Lo buscamos tibiamente como para limpiarnos las culpas? Esperamos que las fuerzas de seguridad lo encuentre? Que la justicia herramiente sus influencias para llegar a él? Que el gobierno que no lo cuido en su momento haga algo para resolver la cuestión? Nos mascamos el discurso mediático y miramos para adelante aunque haya heridas sin cerrar? O salimos a la calle y pedimos justicia. Porque los grupos económicos que apoyaron la dictadura siguen detentando el mismo poder que en el 76. Porque el aparato represivo esta disperso, latente, no desmantelado, no terminado. Encontrar a López no es ya una cuestión individual, ni ideológica, es una cuestión ética, moral. Encontrar a López es una cuenta pendiente de la sociedad para terminar con las sombras del pasado. Encontrar a López es un deber cívico y ciudadano. Porque 30 días, 1 mes, son demasiado tiempo para el que espera.

CHANGARÍN (Cuento)

Por Nimio


Sin pensarlo se metió en un bar a ahogar penas pasadas, presentes y futuras.
Es que a uno cuando le va mal, ahoga penas por las dudas. Porque las penas nunca faltan y siempre sobran. Y a este tipo parecían calzarle siempre a medida.
Es que él andaba de changa en changa sin tener demasiado para gastar, ni para darse pequeños lujitos. Esos que te engordan el alma, te robustecen el ego. Que sé yo, esa ínfima posibilidad de comprarse un CD de Silvio Rodríguez o un libro que hable de la Revolución Sandinista en Nicaragua. No sé, es que el tipo era un changarín amante de aquellos que mueren de pie, pero también de aquellos que viven de pie y suelen correr o seguir de cerca a los sueños. Esos que caminan detrás de una utopía y tienen otra guardada para que cuando alcancen la que están buscando, puedan seguir caminando.
Tal vez por eso era changarín y se daba el lujo de llegar rasguñando a fin de mes. Y digo, tal vez por eso era changarín, porque la changa le permitía la libertad que un trabajo asalariado le quitaría. Esa explotación por la explotación misma. Esa permanente violación a los Derechos laborales, flexibilización que esclaviza al obrero y llena los bolsillos de los empleadores. Tal vez por eso, pienso, prefería quedarse fuera del sistema, trabajando en negro. Prefería quedarse otra vez fuera del sistema, porque el tipo vivió siempre en uno de esos barrios olvidados del oeste. Esos pequeños ayuntamientos en donde la buena voluntad de los vecinos ayuda a apechugar los dramas cotidianos. Porque desde que nació vio como su abuelo se deslomaba. Su abuelo, un tano tozudo, de esos escapados de la guerra, que practicaba el oficio de zapatero. Era de aquellos que nunca aprendieron a hablar, tenía la lengua tan dura como sus pensamientos. Era un anarquista. De esos de la primera época, de aquellos que trajeron ideas poco comunes para estas latitudes. El recordaba que su abuelo siempre hablaba del mundo sin fronteras, sin gobiernos, sin patrones, solo un mundo de trabajadores hermanados desde el trabajo y por el trabajo mismo. Es decir, que él consideraba que todos debían ser obreros de sus días. Todos y todas sin rango más alto, sin distinciones.
Y quizá, la muerte de su abuelo le hizo saber que estas pequeñas luchas debían continuarse en los vivos, o aquellos que querían sentirse vivos. Esos pequeños militantes que no le regalaban su vida al sistema, ni les prestaban sus días a un patrón. Esos pequeños obreros de la solidaridad de los que servían la copa de leche en las villas, o preferían la Educación Popular.
Y así pasaron sus días confundidos entre luchas, changas e hijos. Porque él era una especie de papá del barrio. Los pibes acudían a él cuando los gajos de la pelota de cuero anunciaban que esa redonda ya había aguantado demasiado o los padres de los pibes cuando necesitaban zapatillas o lápices o cuadernos para la escuela.
Siempre supo que era mucha responsabilidad y era casi un imposible cambiar la realidad egoísta, mezquina, desigual. Sin embargo él fue un eterno amante de las causas perdidas.
Sus últimos días lo estaban dejando cada vez más agachadito, es que el reuma y la artrosis le estaban constipando el cuerpo. A ese hombre que amaba vivir erguido y con la cabeza en alto para poder ver mejor, o mejor dicho, para poder mirar, que es ver pero con atención. Así fue como pudo divisar las mentiras de los poderosos y las necesidades de los excluidos. Por eso es que pudo gritar injusticias y ayudar a quien en el barrio necesitaba una mano.
Pero este trajinar lo estaba marchitando de a poco porque creía que su lucha había sido en vano, porque el sistema se alimentaba con la globalización cultural en donde los pibes ya ven al mate como foráneo y Bill Gates es más famoso que San Martín.
Porque sus hijos con familias consolidadas habían preferido trabajar para empresas multinacionales que se llevan la bolsa grande a sus países y dejan migajas acá en nuestra tierra. Es que ya ni amigos o compañeros de militancia le quedaban. Todos se habían marchitado antes que él y decidieron mudarse de este mundo, quien sabe adonde a buscar los resabios de una revolución que nunca llegó.
Y así fue como esa fría noche de mayo quería suicidarse las ganas, es que no tenía más nada por lo que luchar. Porque desde que su compañera murió sentía que estaba viviendo de regalo. Ese atardecer de otoño, que tenía gusto a tango, su hijo - el más grande - vino con toda su familia a convencerlo de que él ya no tenía edad para vivir solo y en ese barrio. Y luego de una larga disputa de fundamentos el cerró la discusión diciendo:
No se habla más, yo nací acá, ustedes nacieron y crecieron acá, se criaron acá. No encuentro otro lugar cómodo para vivir. Sabés qué, yo salgo poco, casi ni salgo, pero cuando mis piernas quieren puedo caminar el barrio y, ¿sabés qué?, no me vas a creer, te parece hasta pelotudo, pero cuando salgo y el sol me pega de frente siento que las calles de mi barrio me abrazan y no es que solo lo pienso, lo siento en el cuerpo. Además, sabes que, la ultima vez que yo hice el amor con tu vieja le prometí un par de cosas. Le asegure que esta iba a ser la cama que me abrazará cuando me muera porque de alguna manera ella o sus huellas o su recuerdo me iban a estar abrazando. Y por eso nene, perdoname, pero no me quiero ir.
Ya todos se estaban yendo y fue su nieto, Vito -su preferido- quien volvió en sus pasos y casi en secreto le confesó: “Abuelo, estoy leyendo un libro de Rodolfo Walsh y empecé a militar en el centro de estudiantes de la escuela”. Amago a darle un beso de despedida y antes de hacerlo dijo: “estoy orgulloso de vos, te admiro mucho y si estuviera en tu lugar haría lo mismo”, le dio un beso y un abrazo interminables y se fue.
Él y su cuerpo ya oxidado, casi inmóvil, se fueron a dormir.
Al otro día lo encontraron muerto, en su barrio, tal vez abrazado por los brazos, las huellas que dejo en la cama o el recuerdo de su compañera. Pero seguro de que, solo él y su nieto sabían que se iba de pie como había vivido.