CHANGARÍN (Cuento)
Por Nimio
Sin pensarlo se metió en un bar a ahogar penas pasadas, presentes y futuras.
Es que a uno cuando le va mal, ahoga penas por las dudas. Porque las penas nunca faltan y siempre sobran. Y a este tipo parecían calzarle siempre a medida.
Es que él andaba de changa en changa sin tener demasiado para gastar, ni para darse pequeños lujitos. Esos que te engordan el alma, te robustecen el ego. Que sé yo, esa ínfima posibilidad de comprarse un CD de Silvio Rodríguez o un libro que hable de la Revolución Sandinista en Nicaragua. No sé, es que el tipo era un changarín amante de aquellos que mueren de pie, pero también de aquellos que viven de pie y suelen correr o seguir de cerca a los sueños. Esos que caminan detrás de una utopía y tienen otra guardada para que cuando alcancen la que están buscando, puedan seguir caminando.
Tal vez por eso era changarín y se daba el lujo de llegar rasguñando a fin de mes. Y digo, tal vez por eso era changarín, porque la changa le permitía la libertad que un trabajo asalariado le quitaría. Esa explotación por la explotación misma. Esa permanente violación a los Derechos laborales, flexibilización que esclaviza al obrero y llena los bolsillos de los empleadores. Tal vez por eso, pienso, prefería quedarse fuera del sistema, trabajando en negro. Prefería quedarse otra vez fuera del sistema, porque el tipo vivió siempre en uno de esos barrios olvidados del oeste. Esos pequeños ayuntamientos en donde la buena voluntad de los vecinos ayuda a apechugar los dramas cotidianos. Porque desde que nació vio como su abuelo se deslomaba. Su abuelo, un tano tozudo, de esos escapados de la guerra, que practicaba el oficio de zapatero. Era de aquellos que nunca aprendieron a hablar, tenía la lengua tan dura como sus pensamientos. Era un anarquista. De esos de la primera época, de aquellos que trajeron ideas poco comunes para estas latitudes. El recordaba que su abuelo siempre hablaba del mundo sin fronteras, sin gobiernos, sin patrones, solo un mundo de trabajadores hermanados desde el trabajo y por el trabajo mismo. Es decir, que él consideraba que todos debían ser obreros de sus días. Todos y todas sin rango más alto, sin distinciones.
Y quizá, la muerte de su abuelo le hizo saber que estas pequeñas luchas debían continuarse en los vivos, o aquellos que querían sentirse vivos. Esos pequeños militantes que no le regalaban su vida al sistema, ni les prestaban sus días a un patrón. Esos pequeños obreros de la solidaridad de los que servían la copa de leche en las villas, o preferían la Educación Popular.
Y así pasaron sus días confundidos entre luchas, changas e hijos. Porque él era una especie de papá del barrio. Los pibes acudían a él cuando los gajos de la pelota de cuero anunciaban que esa redonda ya había aguantado demasiado o los padres de los pibes cuando necesitaban zapatillas o lápices o cuadernos para la escuela.
Siempre supo que era mucha responsabilidad y era casi un imposible cambiar la realidad egoísta, mezquina, desigual. Sin embargo él fue un eterno amante de las causas perdidas.
Sus últimos días lo estaban dejando cada vez más agachadito, es que el reuma y la artrosis le estaban constipando el cuerpo. A ese hombre que amaba vivir erguido y con la cabeza en alto para poder ver mejor, o mejor dicho, para poder mirar, que es ver pero con atención. Así fue como pudo divisar las mentiras de los poderosos y las necesidades de los excluidos. Por eso es que pudo gritar injusticias y ayudar a quien en el barrio necesitaba una mano.
Pero este trajinar lo estaba marchitando de a poco porque creía que su lucha había sido en vano, porque el sistema se alimentaba con la globalización cultural en donde los pibes ya ven al mate como foráneo y Bill Gates es más famoso que San Martín.
Porque sus hijos con familias consolidadas habían preferido trabajar para empresas multinacionales que se llevan la bolsa grande a sus países y dejan migajas acá en nuestra tierra. Es que ya ni amigos o compañeros de militancia le quedaban. Todos se habían marchitado antes que él y decidieron mudarse de este mundo, quien sabe adonde a buscar los resabios de una revolución que nunca llegó.
Y así fue como esa fría noche de mayo quería suicidarse las ganas, es que no tenía más nada por lo que luchar. Porque desde que su compañera murió sentía que estaba viviendo de regalo. Ese atardecer de otoño, que tenía gusto a tango, su hijo - el más grande - vino con toda su familia a convencerlo de que él ya no tenía edad para vivir solo y en ese barrio. Y luego de una larga disputa de fundamentos el cerró la discusión diciendo:
No se habla más, yo nací acá, ustedes nacieron y crecieron acá, se criaron acá. No encuentro otro lugar cómodo para vivir. Sabés qué, yo salgo poco, casi ni salgo, pero cuando mis piernas quieren puedo caminar el barrio y, ¿sabés qué?, no me vas a creer, te parece hasta pelotudo, pero cuando salgo y el sol me pega de frente siento que las calles de mi barrio me abrazan y no es que solo lo pienso, lo siento en el cuerpo. Además, sabes que, la ultima vez que yo hice el amor con tu vieja le prometí un par de cosas. Le asegure que esta iba a ser la cama que me abrazará cuando me muera porque de alguna manera ella o sus huellas o su recuerdo me iban a estar abrazando. Y por eso nene, perdoname, pero no me quiero ir.
Ya todos se estaban yendo y fue su nieto, Vito -su preferido- quien volvió en sus pasos y casi en secreto le confesó: “Abuelo, estoy leyendo un libro de Rodolfo Walsh y empecé a militar en el centro de estudiantes de la escuela”. Amago a darle un beso de despedida y antes de hacerlo dijo: “estoy orgulloso de vos, te admiro mucho y si estuviera en tu lugar haría lo mismo”, le dio un beso y un abrazo interminables y se fue.
Él y su cuerpo ya oxidado, casi inmóvil, se fueron a dormir.
Al otro día lo encontraron muerto, en su barrio, tal vez abrazado por los brazos, las huellas que dejo en la cama o el recuerdo de su compañera. Pero seguro de que, solo él y su nieto sabían que se iba de pie como había vivido.

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