jueves, julio 06, 2006

Paco Urondo - Hombre de letras y de armas

Gracias a Cecilia Amarillo, Romina Pecorari, Diego Segalla, Marcelo (Sr. Operador) y a todo el equipo de "Secreto a Voces", que hicieron posible que este homenaje se pueda transmitir en vivo y en formato radial.

Para algunos...

Un terrorista…
Un soldado de Firmenich…

Para esos que no conciben la conjunción de la letra con las armas…

Para aquellos que se espantan de las atrocidades cometidas por un gobierno de facto, impuesto al pueblo, de la misma manera que se horrorizan de quienes salen a combatirlo…

Para quienes defienden los Derechos Humanos desde un escritorio, porque tienen pánico de que cualquier paso valiente atente contra su posición pequeño burguesa…

O para otros…

Un peleador…
Un luchador…
Un militante…

Para quienes creemos que la conciencia no es tal si no se manifiesta, si no sale de las cabezas para poner en jaque a lo que consideramos injusto…

Para los que pensamos que un orden opresivo no se cambia solo, sino que hay que pelear todos los días, pero no solamente desde un café o desde la recepción de algún diario “políticamente correcto”…

Para los que sentimos que si una palabra no está justificada por una acción…
…si no sirve para mover los cuerpos golpeados por la opresión…
…si no colabora en el despertar hacia un pensamiento más igualitario y menos hipócrita…
…si no contribuye a quitarnos absolutamente todo dejo de conformismo…
…no sirve de nada… es una palabra hueca… que inevitablemente se transforma en un elemento más utilizado contra nosotros, contra el pueblo…

Un revolucionario de alma…
De letras…
Y de armas…

Javier Bonatti


POEMAS

Cada día que pasa

Sin excepción,
casi por naturaleza o desatino,
todos los días, a la mañana,
temprano, ando por este camino.
Llego tarde al trabajo
y con alegría,
cuando es necesario llegar más temprano
y con indignación o repugnancia
o sed de venganza o rabia.
Todo esto no me martiriza ni me apena,
aunque parezca lo contrario
y tenga olor a traición;
sé muy bien, con toda impaciencia,
que el ocio llegará algún día con la revolución.
Y que ni una cosa ni la otra
vienen de la tristeza o de la impotencia.
Voy cansado, es cierto,
harto como todo el mundo que se precie,
o con desaliento;
pero nunca falta alguna cosa,
un olor, una risa que me devuelva,
para valer la pena;
recién entonces empiezo a convencerme;
calles sucias y bocinas y el tráfico alucinado
y dormido todavía;
viejos conocidos, como el destino o la bruma de la ciudad.
Y el mal semblante;
la desconfianza en los ojos,
en los grandes ojos de la gente
hechos para volar.
Manos enrarecidas que rodean la calle
sitiando su respiración.
Dominados del mundo;
empleadas tersas y vulgares
bajando de coches lujosos de los dueños de otras empleadas,
y así sucesivamente.


Milonga del marginado paranoico

Parece mentira
que haya llegado a tener la culpa
de todo lo que ocurre en el mundo;
pero es así.
Han tratado de disuadirme
psicólogos y sociólogos de mi tiempo,
me han dado razones de peso técnico
largamente formuladas y parcialmente ciertas.
Pero yo sé que soy culpable
de los dolores que aquí siento y recorren el mundo;
de las soledades que lo van vaciando:
quisiera saltarcomo Juan L. Ortiz,
vociferar como Oliverio Girondo,
pero:
primero, ellos me ganaron de mano;
segundo, no me sale bien
y aquí empieza todo nuevamente:
otro sufrimiento igual a diapasones
y recursos que conozco perfectamente
y que no vale la pena repetir:
primero, para no emularlos;
segundo, porque tendré que ir reconociendo
que no he sabido hacerme entender.
Y esto es agudo como un ataque que nos traga la lengua;
pido entonces disculpas por la mala impresión,
por las exageraciones.


No puedo quejarme

Estoy con pocos amigos
y los que hay suelen estar lejos
y me ha quedado un regusto que tengo
al alcance de la mano
como un arma de fuego.
La usaré para nobles empresas:
derrotar al enemigo– salud y suerte–,
hablar humildemente de estas posibilidades amenazantes.
Espero que el rencor no intercepte el perdón,
el aire lejano de los afectos que preciso:
que el rigor no se convierta
en el vidrio de los muertos;
tengo curiosidad por saber qué cosas dirán de mí;
después de mi muerte;
cuáles serán tus versiones del amor,
de estas afinidades tan desencontradas,
porque mis amigos suelen ser
como las señales de mi vida,
una suerte trágica,
dándome todo lo que no está.
Prematuramente,
con un pie en cada labio
de esta grieta que se abre
a los pies de mi gloria:
saludo a todos,
me tapo la nariz
y me dejo tragar por el abismo.